Macron, Sciences Po y la política en Francia

 

 Jean-Michel Caroit, uno de esos privilegiados de origen que prefieren abocarse y abogar por la causa de los humildes.

 

A priori, casi todo me distanciaría en política de Emmanuel Macron, si no fuese por un elemento biográfico en común: pertenecer ambos a la misma promoción (2001) del Instituto de Estudios Políticos de París (IEP).

Por supuesto, Macron es hoy para quien escribe, primero la coyuntura política que lo posiciona en el epicentro de la atención mundial, pero también es un retorno reflexivo a mis años universitarios. En la víspera de su muy probable elección como presidente de Francia, creo pertinente compartir algunas ideas sociológicas a la luz de la actualidad, partiendo de algunas notas autobiográficas de esas vivencias, pero procurando analizar la estructura de esa actualidad, más allá del furor electoralista que la cubre.

 

La manufactura de la ideología dominante

El Instituto de Estudios Políticos de París (o Sciences-po, como mejor se le conoce) es una escuela de gobierno donde se aprenden los saberes y tecnologías (aplicaciones) necesarios para administrar el Poder político. Pero también te da las relaciones sociales y el reconocimiento social (prestigio) para conquistarlo, y las argucias para mantenerlo. Desde el siglo XIX, el IEP de París (antigua Escuela Libre de Ciencias Políticas) es la base de la formación de la clase que decide y ordena en las instituciones públicas en Francia, función que ejerce en conjunto con la Escuela Politécnica (que forma a los jefe-gerentes de empresas públicas y privadas), y la Escuela Nacional de la Administración (ENA), una instancia de educación de post-grado que forma a quienes integrarán los puestos de control del Estado francés en sus más altas esferas (Inspectoría de Finanzas, Cámara de Cuentas, Consejo de Estado, Ministerio de Asuntos exteriores, Prefectos, etc.). Pero de las tres, Sciences Po es el delta de la clase política, por donde pasa casi la totalidad de futuros estudiantes de la ENA, y una proporción importante de estudiantes de la Escuela Politécnica que buscan tener alguna aspiración de mando en el Estado francés. Es la escuela que forja los primeros reflejos políticos de aspirantes que ambicionan una carrera pública.

Allí se recibe una formación esencialmente en estudios de gobierno: Economía Política, Derecho Público e Historia. La población estudiantil típica de Sciences Po es hija de las clases privilegiadas. Allí le enseñan las formas de administrar el poder político, desde una escuela que más que escuela parece un centro de entrenamiento, levantado por el propio Poder conservador para que se preserven sus premisas e intereses.

Francia está marcada por un sistema educativo bien restringido a la reproducción intergeneracional de las clases sociales, donde los estratos dominantes y los estratos dominados de la sociedad van a escuelas diferentes, cada una con su función para que las cosas cambien poco: para los primeros, las escuelas de élite, en las que se enseña a dirigir; y los segundo van a otras (cuando llegan a ir), la de oficios subalternos, donde se instruye de manera sutil las disposiciones de sumisión y dependencia (saberes técnicos, por ejemplo en lugar de saberes deliberativos) en la gente humilde. Recuerdo el primer día de clases en el IEP, cuando Richard Descoing, el mítico director de Sciences-Po de entonces, nos recibió bautizando aquella bienvenida con un “ustedes son la élite de la nación”. De inmediato un aire de arrogancia compartida y de “vocación” (como llamado de un Dios) se impregnó de los jóvenes espíritus que poblábamos aquel célebre anfiteatro Boutmy de Sciences Po. La escolaridad en el IEP son cursos donde aprendíamos los protocolos y doctrinas del poder, que pudieran parecer accesorios, pero hacen el poder: vestir como si fuésemos algún día ministros, hablar como si fuéramos embajadores, despachar con y solo con las razones de Estado, como si fuéramos a gobernar algún día una gran empresa o un país, pensar como un burócrata, etc. En este sentido, el Macron que vemos hoy en su incipiente y ya triunfadora carrera política es la quintaesencia de Sciences Po: el ideal típico del tecnócrata liberal y sharp, como dirían los anglófonos, poseedor de un espíritu de síntesis, capaz de manejar de manera diligente y expedita varios “dossier” en forma simultánea y con precisión en el manejo de su contenido; el método Sciences-Po se construye tomando un problema político, luego identificando con una pregunta el nudo del mismo, para entonces, buscar la manera organizada y lógica de desenlazarlo. Esa es la teoría. La práctica determinará que el problema político se reducirá a un problema burocrático, donde las soluciones nunca trascienden el mismo campo cosmogónico que lo hizo problema. Por eso, el pensamiento de derecha en Francia (tema al que le terminé dedicando parte de mis estudios doctorales, con una tesina en el 2002) termina percibiéndose como neutral en términos axiológicos, reduciendo la posibilidad de las cosas a las convenciones y tradiciones ya existentes. Por otro lado, la perspectiva de Sciences Po mira siempre (o casi siempre) desde arriba los hechos, y a los que están arriba de esos hechos se les mira como pares, y a los que están abajo se le mira como suelen mirar las élites liberales a los pueblos: como súbditos del Estado, piezas intercambiables, que deben adaptarse a un marco regulatorio, no lo contrario. Los asuntos de Estado se miran primero desde sus prerrogativas, que desde esa legalidad dominante, menosprecia la lógica y legitimidad del dominado. El pensamiento conservador de Sciences Po y sus métodos no son para producir los cambios que requieren una sociedad hacia senderos más equitativos, sino para ahondar el estatus quo, en el cual justamente se sustenta el poder que, por ejemplo, llevará seguramente a Macron mañana al puesto de jefe del Estado francés. Lejos de ser un outsider, Macron es el insider perfecto que produjo la clase política francesa para impedir el advenimiento de un retador republicanista como Mélenchon, siendo Marine Le Pen asumida con rechazo por encontrarse sus convicciones reaccionarias en las afueras del pacto republicano.

Corría el año 1999, durante mi escolaridad en el IEP, cuando tuve mi primer encuentro con quien tendría una incidencia decisiva en mi formación intelectual y moral: Pierre Bourdieu, el sociólogo en el mundo más citado en la historia de la disciplina. Conversamos en un largo trayecto del metro urbano parisino, junto a uno de sus asistentes, sobre mi interés de problematizar lo que iba viviendo en las aulas de Sciences Po, una de las escuelas que Bourdieu tan finamente había criticado en múltiples trabajos, por su carácter reproductor de una élite conservadora indocta, o semi-docta, como le gustaba nombrar, utilizando una expresión que acuñó de Pascal. La idea era escribir sobre mi propia experiencia en Sciences Po, era hacer sobre Sciences Po, una especie de Tristes Trópicos, aquella paradigmática memoria reflexiva de Levi-Strauss sobre su experiencia con las poblaciones indígenas del Brasil, durante sus misiones antropológicas en ese país suramericano en los años 1930. Nunca me sentí un autóctono en aquel templo del pensamiento de derecha. Jugaba visitante en un terreno donde la ortodoxia conservadora era Home Club, siendo yo un extraño por mis orígenes culturales y mis convicciones disidentes ante lo que se consideraba legítimo de ser en aquella escuela. Sumergido en los laberintos de aquella escuela del poder, me encontraba bien posicionado para armar de conceptos aquellos testimonios vividos por mi persona, y articularlos con la teoría sociológica en las áreas del lenguaje, la semiótica del poder, la dinámica de grupo y los estudios de la época sobre la formación de las élites. A Bourdieu le gustó mucho la idea, y fue cuando me hizo una propuesta, de esas que uno se arrepiente para toda la vida no haberla acogido con el sentido de oportunidad y seguimiento que hoy la asumiría ipso facto. Me dijo: “escribamos un artículo en conjunto sobre sus ideas”. Bourdieu incluso me propuso, si esa acción implicaba algún riesgo para graduarme (me faltaban todavía unos pocos semestres de universidad, y en Sciences Po en ese momento la crítica a la institución implicaba riesgos reales de represalias), de utilizar un seudónimo, propuesta que enunció con una sonrisa conspirativa. Yo había titulado en ese momento el proyecto “Les Cours Des Choses”, título evidentemente que se inspiraba en algo de Les Mots et Les Choses (Las Palabras y Las Cosas), de Foucault, en el cual se analizaban cómo se construían las formas ordinarias asumidas como “verdaderas” de concebir el mundo, a través de las clasificaciones específicas en las que el Poder concebía y organizaba el mundo. Este ejercicio no se limitaba a realizar un análisis etnográfico sobre el contenido y los ritos de cómo el Poder inculcaba Poder, era también la posibilidad de establecer un puente entre cómo se diseñaba las formas del poder político en las aulas, y cómo yo, en las calles de París, con mi condición de inmigrante estigma, recibía el resultado de esas políticas, las tangibles y las intangibles, las que se ven y la que no se ven, sobretodo para mis camaradas de promoción como Macron.

Sciences Po Étudiants

 Las infernales calles de París

Durante los años en común en la 27 Rue Saint-Guillaume, la célebre calle donde esta situada la sede de Sciences Po, la vida de Emmanuel Macron no era la misma que yo pude vivir. El pertenecía al estándar socioeconómico del estudiantado: blanco, salido de las clases privilegiadas de la sociedad francesa. Yo, por el contrario, venía del Caribe, con una característica visible y con mayores consecuencias que me diferenciaba de Macron más allá un asunto de clase: mi tête d’arabe (cara de árabe), y eso en Francia se paga muy caro en las calles de París, y también, si te rebelas contra esa condición, lo pasas mal hasta en los propios salones de la academia. El racismo intenso, ubicuo y acosador de la sociedad francesa hacia los portadores de rasgos físicos como los que la vida me dio, fue mi mayor escollo y a la vez, como todo, mi gran escuela de la vida. Vivir permanentemente bajo el estigma me dio lecciones definitivas, no solo sobre cómo funciona el racismo y las jerarquías sociales en una sociedad de pasado imperial y con grandes trasnoches colonialistas, sino también cómo se siente estar en condición de opresión y asedio permanente desde una perspectiva personal, de experiencia directa. Del racismo, Macron conoce poco, que no sea tal vez por la buena voluntad y deseos que le brindan las ideas y alguno que otro principio político-ético. Para mi el racismo no fue una idea, sino lo contrario: una práctica vivida, una condición llevada que pude abstraer en forma de ideas como forma de poder trascender el sentimiento de indignación e impotencia que tenía ante las constantes vejaciones que la actitud racista suele infligir, sea por un policía, un oficial de las oficinas de migración o por un panadero. En una ocasión, Bourdieu me pasó una máxima de Spinoza que me sirvió para todo eso: no detestar, no admirar, no llorar, no reír, lo importante es comprender. Y así fue, comprender los hechos, buscarle su historicidad y ver al racista como una víctima antes que como un victimario, pacifica vía la paciencia a quienes hemos sido víctima sistémica y sistemática de discriminación institucional.

Combatí el racismo desde donde se podía: en las calles, por dignidad personal y cuando podía prestar la mano hacia alguien de menos recursos que yo para poder hacerle frente.  Pero también, y a veces sobretodo, me encontré el racismo en los pasillos de Sciences Po, donde a veces topé con la solidaridad (pasivas y activas), y otras veces la negación o indiferencia de mis compañeros. En los tiempos posteriores a la ola de atentados que azotó a París en el 1996, fue el tiempo del triste Plan VigiPirate, un plan de vigilancia militar y policial de las calles de París, que azotaba a todos aquellos que no teníamos el “perfil francés”. En cualquier lugar, se nos pedía los documentos, se nos requisicionaba nuestras pertenencias, se nos marginaba. La paranoia se apoderaba de una sociedad con serias sospechas, desde tiempo coloniales, que todo extranjero de piel oscura podía ser un enemigo. Lo peor era que yo vivía en las calles lo que mis profesores y los jefes de esos profesores, diseñaban y decidía que tenía que vivirse en las calles. Esa historia, reitero, en mi cohorte de promoción, incluyendo a Macron, no la vivían, como no vivían tampoco las vicisitudes que el pueblo humilde de Francia vive, y sobretodo el infierno que padece la juventud habitante de los empobrecidos suburbios de París y de las principales ciudades de Francia, donde la miseria, la exclusión social y el racismo se viven como un coctel molotov, especialmente en esas poblaciones oriundas de la inmigración africana (magrebí y subsahariana).

Yo, por suerte, ante el racismo siempre tuve el respiro de saber que en un momento determinado eso se acabaría con la puerta de regreso a mi país (donde a su vez somos nosotros, los que, lamentablemente, sometemos a verdaderos calvarios a otra población inmigrante: los haitianos). Para esos muchachos y muchachas nacidos en Francia de hijos de argelinos, tunecinos, marroquíes, tan parecidos en el físico a nosotros los dominicanos,  no había puerta de salida, y para esos jóvenes, el Estado francés, en lugar de darle amparo social, lo que hace es que se vuelve agencia de estigmatización y humillación pública. Por eso, el ISIS aprovecha esos sentimientos de frustración para pescar en río revuelto y reclutar a sus jihadistas. En su debate contra Le Pen, Macron puntualizó ese problema: el discurso del xenofóbico Frente Nacional es un discurso de guerra civil. Y apuntó, el candidato de En Marche, la necesidad de irse al tema de la pobreza como punto de partida de todas las calamidades sociales que vive la sociedad francesa hoy, incluyendo las amenazas de terrorismo perpetrado por sus propios jóvenes. Para un neoliberal admitir la pobreza como un problema es un avance considerable. Pero no suficiente. Lo crucial ahora es el cómo, y la receta neoliberal sin dudas tiene poco que ofrecerle a la sociedad francesa, que no sea el saldo nefasto legado que el propio Macron como ministro de Economía de Hollande, y la presidencia del mismo Hollande, han tenido en términos de indicadores de exclusión social, desigualdad, y las tasas de desempleo de los franceses.

A Macron y a quien suscribe, los contextos de vida nos llevaron luego de Sciences Po, por caminos muy diferentes: él escogió la carrera en la alta burocracia de la Administración Pública y Privada, formándose en al Escuela Nacional de la Administración. Macron fue formado para gobernar como hasta ahora lo han venido haciendo sus antecesores. Por mi parte, insatisfecho con la formación vinculada a un saber burocrático, quise probar una suerte distinta, más cercana al conocimiento académico, a través de mi ingreso en la Escuela Normal Superior y la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, para la realización de mis estudios doctorales en Sociología. Hoy, miro a Macron con la criticidad que me proyecta en el largo plazo, su trayectoria y su previsible actuación como presidente.

La elección de Macron es hoy, lamentablemente, un imperativo, y aunque que no vaya a cambiar gran cosa, Le Pen no puede pasar, porque el Frente Nacional es un ticket sin retorno e implicaría no solo la exclusión social propia del neoliberalismo, sino la política identitaria de la extrema derecha. El racismo institucional que el Estado francés se niega hoy a admitir, cosa que Inglaterra ya hizo, sería sin duda mucho peor con una presidenta de la extrema derecha. Emmanuel Macron encanta por ese producto perfecto que han fabricado de las élites francesas y los medios de comunicación masiva que son de su propiedad. Han hecho de Macron una novela con la que la gente se enamora más por la forma que por las ideas que sustenta o por las pocas propuestas de cambios que pudiera ofrecer.

Siendo la política más posibilidad de hacer cosas que resignación, Macron es hoy un voto de resignación, y como dijo el economista Thomas Piketty, mientras más votación haya por Macron en la segunda y definitiva ronda electoral, más sabremos que Francia no votó por él, sino contra Marine Le Pen. La abstención haría subir mecánicamente el voto Le Pen. Pero es bueno puntualizar, que el voto Le Pen tiene su techo, pero ha ido creciendo en Francia, por las fallidas políticas de amparo social del establishment político francés para con las capas humildes  y más vulnerables de la sociedad francesa. Jean Luc Mélenchon y la Francia Insumisa, logró una campaña extraordinaria que pudo recentrar el debate, posicionando las ideas de izquierda en un escenario político con tres fuerzas ideológicas de derecha: Le Pen, Fillon y Macron. Ha llamado a sus seguidores claramente ha votar contra Marine Le Pen, y desde ya convoca para la batalla electoral de junio en las legislativas, por una mayoría parlamentaria que podría llevar a sus fuerzas a ser gobierno. Yanis Varoufaquis, el izquierdista economista griego lo resumió así: a votar por Macron con la misma energía de combatirlo desde el primer día. Una derrota de Le Pen, constituiría no solamente el impedimento a un partido de extrema derecha de gobernar, sino que debilitaría la derecha, porque desde que Macron comience a presidir, sus compromisos y convicciones sabrán poco defenderse ante las necesidades de la gene. La Francia Insumisa, de Mélenchon, tendrá la posibilidad precisamente de ofrecerle al escenario político francés algo diferente a lo que el pensamiento Sciences Po suele ofrecer, que es el pensamiento que en forma gradual ha ido permitiendo y facilitando el escalamiento de las ideas de la extrema derecha en el escenario político francés.

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Juan Miguel Pérez

Sociólogo.

El Grillo

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