La política dominicana nos sigue manteniendo en el circo habitual. Esta vez, los pasos ‘‘tácticos’’ y ‘‘consensuados’’ de una clase política amañada han querido ir moldeando sus intereses —como han hecho con lo poco que nos resta de democracia— cual si fueran el destino obligado de un pueblo al que alguna vez representaron.

Con las continuas y no casuales decisiones entre el PLD, PRD, PRSC y demás organizaciones de la partidocracia tradicional donde han ido asumiendo ‘‘posturas estratégicas’’ de cara a las próximas elecciones, los partidos vuelven a desnudarse. Nos han demostrado una nueva vez que no existe un programa político serio que quiera defender los intereses del colectivo sino que, a su juicio, deben repartirse rigurosamente el bizcocho.

Como bien indica el catedrático español Francisco Bastida, ‘‘el partido-programa se desdibuja al generalizarse el contenido de este último elemento en provecho del partido- máquina (electoral). ’’[1] Evidentemente, fabricar los votos, cuidar la ‘‘maquinaria’’, procurar que el momento electoral sea fin y no medio, comprar conciencias y confluir públicamente a tiempo con el gobierno de turno ha demostrado indiscutiblemente la desfiguración de los partidos en mafias y, además, que nunca estuvo el interés de transformación sino de distribución.

Las discusiones que verdaderamente importan a la gente pasan a un segundo plano. Mientras los medios de comunicación y los politiqueros discuten de reelección o no, de las cuotas de poder, los ‘‘acuerdos’’, los ‘‘pactos’’ y demás, pareciera olvidarse el desempleo, los salarios de hambre, la desnacionalización masiva, la falta de vivienda, el deteriorado sistema de salud y todas esas otras realidades que mantienen al dominicano enfrascado en la desesperanza.

Es por ello, que a nuestro entender no se ha pactado nada. Se han reafirmado las rupturas de siempre. Esa ruptura con los hijos de Machepa, con el pueblo dominicano, a quienes no les ha quedado más que sentarse a observar durante años cómo una minoría procura determinar su destino mediante decisiones de grupitos caprichosos.

La política como negocio no es eternamente sostenible. Quebrar el compromiso de garantizarles una vida digna a las dominicanas y los dominicanos porque de momento son otros los planes, demuestra que es tiempo de abandonar la indiferencia frente a estos temas y construir las bases para repensar el país que merecemos.

Mientras sus ‘‘pactos’’ sigan generando rupturas con el pueblo, se irán desatando de a poco los nudos del país. Ante su actitud no podrá haber perdón ni confusiones históricas. Quien ha condenado cotidianamente a que un pueblo sea maltratado, oprimido y desesperanzado, a costa de proteger intereses particulares no puede pretender jamás ser absuelto por la historia.

 

[1] BASTIDA FREIJEDO, Francisco J. Derecho de Partidos. Madrid. 2002 P. 72.

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Edgar García C.

Abogado y político. Colaborador de la Fundación Juan Bosch y la Fundación Máximo Gómez.

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